TRANSITANDO

23 sept 2013

Retina

Si todo fuera un juego. El chico no tiene claro su papel en la obra. El telón se corre y los maravillados ojos no ocultan su pesar por aquel largo final. ¿Era verde mar o azul fuego? De cualquier manera, el juego necesitaría más audacia, debiera tener una opción, una chance más. Ese grupito de nenas no estaba atento, porque ellas querían arreglarse para la función, y mientras hablan y se peinan el tiempo no dá tregua ni tiene arreglo. Aunque era un juego. 

El otro chico aclara que no se acuerda si iba a haber títeres, y si él debía manejar uno porque no tiene la manga necesaria. Las nenas están listas porque alguien trajo el té, y eso les indica el inicio del juego. ¿Porqué no podemos jugar más al fútbol? dice otro grupo de chicos que no toma té. 

Alguien por descuido apaga una luz, y eso también indica el inicio de la función. Son muchos los espectadores, y todos los ojos apuntan a la ansiedad, o para ser más gráfico, a distintas ansiedades, a diversas visiones sobre un mismo punto, a la expectativa de ir dejando la niñez, lo estricto y lo rígido del crecimiento.

Los mayores no se ven, quizá porque están ocultos, quizá porque están juntos, o sencillamente porque es tiempo de dejarlos ser, quizás. No está bien que unos pocos se den cuenta que también son parte de la obra cuando están sentados esperando el comienzo, pero esto también pasa y forma parte del juego. Como el cómico o el mago que invitan a alguien del público para generar la atención: los chicos lo hacen igual, pero en su permeable inocencia. 

Cuando la luz vuelve con un centello enceguecedor, cada uno se dá cuenta que su expectativa no fue cubierta, que la experiencia no resultó como quería, que la fantasía no tuvo el lugar que imaginó, que esa pequeña porción de realidad latente empezó a querer formar parte de su vida, que ya nada será como era. ¿Se puede cambiar tanto en tan corto lapso? No. Definitivamente, el cambio está siempre y dependerá de cada uno de ellos su asunción.

Música

La rompiente no cesaba su caricia sobre las rocas. Se podía ver en la nebulosa toda la magia de las espumas. Ella quiso acercarse pero... No hubiese sido posible tanta delicadeza empujada al abismo. Teoría abisal. 

Quien supo escuchar la letanía de las hojas marchitándose solo estaría presente en un sinfín de melodías que lo acercaran a la verdad misma, como le sucedía a ella, que quería pero... Ruge el mar, suavizado por el viento helado del este, y en esa inmensidad cada gota sabe, cada gota presiente su destino. Todos contemplamos en forma sorda, porque vemos y no miramos el reflejo de nuestros pensamientos. Nos encerramos frente a lo mágico, aunque ella necesitaba algo de fantasía para dejar de escuchar. 

Él sabe que ella lo quiere a veces, cuando se siente abrumada por un laberinto de sinfonías, o si la invaden vaivenes de sonidos imperfectos, de ecos largos... Él sabe que ella, la armonía, quiere acercarse a su mundo de hechos concertados, de acuerdos probables, de conjunciones inevitables. Rondará su castillo alejado, intentará trepar por sus laderas escarpadas, se lastimará para estar cerca pero solo conseguirá, a pesar de saberlo, poco de él. Muy poco, en realidad, y en pequeñas dosis, como representando el bálsamo necesario, ineludible. Por eso cuando ella quiere confundirse con el festival de las aguas para pasar desapercibida ante sus ojos blindados, él sabe que viene y la distingue nítidamente, ya que en su mundo extremo todo el resto tiene sentido. ¿Pero quién es él?