Es esperable que pueda caracterizarme otra vez. O que lo haga con aquel espantapájaros, perdido detrás de un tronco de infinitas luces. La paranoia no oculta esas brisas de ingenio que mueven los costados de los brazos de paja. ¿Hay que esperar la segunda saga?
Nadie podría desentrañar el misterio que nubla la mente, dentro de esa densidad palpable por otros seres que corren por colinas lejanas y nunca cesarán en su interminable acoso. Pegados a tu dorso, no se mueven como una sombra, sino en reflejos perennes e inabarcables. Mis pinturas no tienen lienzo, ni mis figuras contorno; algún tipo de universo se vislumbra, asomando por medio de las paredes que rodean a los tiempos. Big bang sin estruendo, inicio de otro final, los ladrillos de aquellas paredes están hechos de milésimas de esencia que confluyen en oscuridad. Uno creería que los destellos serían de color, claros, intensos: creo que nadie pudo verificarlo, por lo que la distancia entre blanco y negro sería un eclipse.
La raíz del disfraz no conoce árbol, ni genialidad. Es una especie de actor antes de morir en escena, donde se cree que el papel es de otro, y las desgracias son propias. Un sombrero sin copa, un uniforme desgarrado, botas de verano. ¿Para qué sirve ser otro? Siempre tiene más suerte, es menos predecible, es más alto y toma té. En cada viaje, sin boleto ni internet, uno busca el destino como forma de transitar el comienzo y disfrutar las conclusiones, aunque se sospecha que no sería habitualmente así. Tenemos inexplicables retiros, excusas múltiples, sabores de otro tipo, compañías opacas, y finales terminantes.
Sube el telón, rápido, todos quietos, luego poca acción. No era esto lo que quería tratar, pero como el show debía continuar, se metió de prepo en este relato. Clausuren las puertas de sus sensaciones, hagan otra catarsis y muevan sus pensamientos a ese nuevo atuendo, o a uno repetido del que nos quedó algo, para poder comprender que no se puede manipular el impulso superior de usar un alter ego.
TRANSITANDO
2 dic 2019
12 ago 2019
Otro país - MUERTE
Sensaciones. Casi inerte, espectador de una desilusión. Parte, pero no dado, ya que la irracionalidad puede aventajar al relámpago, años luz de vértigo. Sentimientos huecos y vacíos incomprensibles, círculos de incredulidad y posiciones desencontradas; la esperanza mueve las mentes como ese carrusel de fuego, donde solo las cenizas explican al espectro. Es lo que quedó, finalmente.
Siluetas difusas marcan un poderoso devenir, sin fe ni alma, porque todo cayó en aquel largo e interminable abismo, desde donde las criaturas no quieren regresar, y los hombres no pueden olvidar. Narrado y elaborado en tintas entrañables, la poesía es inabarcable para tanta necedad. Granito y diamante bruto, solo la belleza reflejará en este mar de promesas invisibles, en terrible choque de patrias sin heridos de uniforme, quedando aquel eterno desgaste armónico sin prisa ni pausa. Como si la muerte pudiera salvar los halos de cada individuo afectado, el inmigrante soñador también deja caer sus pétalos en cada escape, en cada peldaño cuesta abajo. Claro, el ombú nos mira desde su inmensidad sin entender porqué se huye, perplejo y atónito, pero consciente en su envidia sobre la supuesta libertad de elegir un derrotero, mirando sus raíces clavadas en el fango.
Que el último cierre la puerta parecen gritar los que sostienen la puerta, pero después vuelven a entrar. Quizá ninguna comprensión llega hasta los tesoros ocultos, hacia esas reliquias de polvo, que solo avisoran los que viven de la fuga. Son muchos, están entre todos, se ocultan a la vista, mimetizados en abanicos de colores de arco iris; hace varios tiempos que intentan lograr el éxtasis de la singularidad, del éxito grupal, de no tener otro relator y de ponderar todas las limitaciones. Cada etapa impensada mueve casilleros inimaginables, en la búsqueda de algo que al lograrse, se desvanecerá por peso propio y volverá al inicio, ya que esta idea redonda siempre se alimentará de la diversidad.
Siluetas difusas marcan un poderoso devenir, sin fe ni alma, porque todo cayó en aquel largo e interminable abismo, desde donde las criaturas no quieren regresar, y los hombres no pueden olvidar. Narrado y elaborado en tintas entrañables, la poesía es inabarcable para tanta necedad. Granito y diamante bruto, solo la belleza reflejará en este mar de promesas invisibles, en terrible choque de patrias sin heridos de uniforme, quedando aquel eterno desgaste armónico sin prisa ni pausa. Como si la muerte pudiera salvar los halos de cada individuo afectado, el inmigrante soñador también deja caer sus pétalos en cada escape, en cada peldaño cuesta abajo. Claro, el ombú nos mira desde su inmensidad sin entender porqué se huye, perplejo y atónito, pero consciente en su envidia sobre la supuesta libertad de elegir un derrotero, mirando sus raíces clavadas en el fango.
Que el último cierre la puerta parecen gritar los que sostienen la puerta, pero después vuelven a entrar. Quizá ninguna comprensión llega hasta los tesoros ocultos, hacia esas reliquias de polvo, que solo avisoran los que viven de la fuga. Son muchos, están entre todos, se ocultan a la vista, mimetizados en abanicos de colores de arco iris; hace varios tiempos que intentan lograr el éxtasis de la singularidad, del éxito grupal, de no tener otro relator y de ponderar todas las limitaciones. Cada etapa impensada mueve casilleros inimaginables, en la búsqueda de algo que al lograrse, se desvanecerá por peso propio y volverá al inicio, ya que esta idea redonda siempre se alimentará de la diversidad.
25 may 2019
Sabiduría
Como en esas películas que ocurren a máxima velocidad... Saber ver no puede significar haber mirado, porque del reflejo oculto del primer impacto quedará en el tiempo una estela efímera. Huecos en la vida, llenos de miel que no puede contenerse. No tiene envase.
Entender y comprender el significado de un destello no condiciona el resultado: más bien lo eterniza en una densidad aparente, sin calificativos, que se vuelca ante el devenir de constantes efluvios. Lenta marcha épica, salpicada de saturación por miles de relámpagos fluorescentes, que primero indicaron una definición, pero no es definitivo. Seguirá cambiando cada vez que lo recuerde nuestro subconsciente, porque de eso se trataría la presencia en un espacio. Acumular experiencias, de todos los colores, con sabor ámbar. de un niño no fortalecido ni dejado, pero potenciado en un sinnúmero circular de eventos concurrentes y efusivos. ¿Quién fija las razones de los comportamientos? No, no, no es así. No somos para entender. Seríamos para estar, o ser, iluminados y enceguecidos. Todos los brotes germinarán cuando sus raíces perpetúen el vicio del líquido esencial que, valga esto, brote de sí mismo.
El celuloide muestra en algunas ocasiones las manchas perennes de esas cortezas olvidadas, como una aguja incrustada en un cristal vacío, partiendo hacia horizontes sin inicio que se difuminan en un arco iris blanco y negro. Llegar a saber no tiene un color, no voy a intentar convencer. La fricción de los mazazos ante un bloque perpetúan imágenes que la mente ideará como propias, porque escucha el sonido, porque decodifica una razón, porque no se queda con las astillas del tallado. Habría muchísimas formas de calcificar esas emociones, pero cada una de ellas no tendrá final.
Esto lo relata un viejo, o un primer adulto, o aquel joven que nació. Puede ser también mujer, árbol, canto rodado, delfín, helio. Todos llevan experiencias y traumas sin cicatrizar, sin resolver, sin sentir que internalizándolos podrán cambiar un estado inocuo. Ninguno podrá resolver el enigma de una parte, y tampoco todos. Seguirán intentando, analizarán, responderán a variadas sinrazones, buscarán en el arcón de las memorias que fragilizan sus intentos de descubrir el más ínfimo de los enigmas. Como se dice por ahí, esto será harina de otro costal.
Entender y comprender el significado de un destello no condiciona el resultado: más bien lo eterniza en una densidad aparente, sin calificativos, que se vuelca ante el devenir de constantes efluvios. Lenta marcha épica, salpicada de saturación por miles de relámpagos fluorescentes, que primero indicaron una definición, pero no es definitivo. Seguirá cambiando cada vez que lo recuerde nuestro subconsciente, porque de eso se trataría la presencia en un espacio. Acumular experiencias, de todos los colores, con sabor ámbar. de un niño no fortalecido ni dejado, pero potenciado en un sinnúmero circular de eventos concurrentes y efusivos. ¿Quién fija las razones de los comportamientos? No, no, no es así. No somos para entender. Seríamos para estar, o ser, iluminados y enceguecidos. Todos los brotes germinarán cuando sus raíces perpetúen el vicio del líquido esencial que, valga esto, brote de sí mismo.
El celuloide muestra en algunas ocasiones las manchas perennes de esas cortezas olvidadas, como una aguja incrustada en un cristal vacío, partiendo hacia horizontes sin inicio que se difuminan en un arco iris blanco y negro. Llegar a saber no tiene un color, no voy a intentar convencer. La fricción de los mazazos ante un bloque perpetúan imágenes que la mente ideará como propias, porque escucha el sonido, porque decodifica una razón, porque no se queda con las astillas del tallado. Habría muchísimas formas de calcificar esas emociones, pero cada una de ellas no tendrá final.
Esto lo relata un viejo, o un primer adulto, o aquel joven que nació. Puede ser también mujer, árbol, canto rodado, delfín, helio. Todos llevan experiencias y traumas sin cicatrizar, sin resolver, sin sentir que internalizándolos podrán cambiar un estado inocuo. Ninguno podrá resolver el enigma de una parte, y tampoco todos. Seguirán intentando, analizarán, responderán a variadas sinrazones, buscarán en el arcón de las memorias que fragilizan sus intentos de descubrir el más ínfimo de los enigmas. Como se dice por ahí, esto será harina de otro costal.
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