Momentos después del hecho fatal, todo parece renovarse... Pero, ¿quién puede aseverarlo? La ilusión es una máquina perfecta diseñada para la culminación de los deseos. Toda esa impronta puesta al servicio de un ideal no requiere demasiado, aunque nunca es poco. Es fácil imaginar en un torrente de sueños que tanta podredumbre mental nubla los pocos sentidos, innatos en aquella gente, suficiente para el espectador nihilista.
Rápidamente las crónicas se aceleran y no habrá lugar para más especulaciones. Y otra vez el error: pensar que allí acabará todo, con la escasa pero apoteótica repercusión de ese epígrafe colorado. Nada más lejos de una patética realidad que es solo un comienzo de evoluciones serpenteantes, que distorsionan a veces por completo un inocente título, un dramático relato o una caricia para las mentes.
El primer plano del micrófono con un cubo incierto no pareciera manifestar nada en la bruma del horizonte humeante y en consonancia con las ráfagas de lo verídico. Si no hay gran historia, tiene que aparecer. Si no se completa, tiene que parecer. Ese único testigo privilegiado no vislumbra la parte de la corteza que se entremezcla en un mar de sensacionalismos, baratos para unos cuantos, sin precio para unos pocos peligros sensatos.
Fondo de alarma, siempre nublado y jadeante, cualquiera sea la historia, sucesiones de visiones contrapuestas o paradójicas, tenemos qué mostrar, cuando el perfecto rectángulo se ilumina de esa desesperación y a la vez se desnuda ante la atónita mirada cómplice de aquellos que no esperan pero de alguna forma veneran. ¿Veneran? Sonaría un poco fuerte cuando se lanza de esa forma, pero tranquilos, que no será peor que el potencial desenlace de los flashes.
Quizá por eso sea cierto, últimamente, que cuando se apaga la luz... comienza una nueva esperanza.
TRANSITANDO
16 ago 2015
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